Acceder a tecnología asistiva: una deuda pendiente
A diario hablamos sobre inclusión e igualdad de oportunidades, pero en la práctica todavía hay muchas deudas. Una de ellas es el acceso a la tecnología asistiva.
El Global Report on Assistive Technology de la OMS (2022) señala un dato que no debería pasarse por alto: en algunos países, solo el 3% de las personas que necesitan productos asistivos realmente los obtienen. Es decir, millones de personas en todo el mundo continúan viviendo sin los dispositivos que podrían mejorar drásticamente su calidad de vida.
Barreras económicas: el costo como principal obstáculo
Cuando se habla de productos asistivos, la mayoría piensa en sillas de ruedas, audífonos o prótesis. Pero la lista es mucho más larga e incluye lectores de pantalla, dispositivos de comunicación aumentativa, programas de voz, adaptaciones para el hogar y aplicaciones móviles especializadas.
El problema es que estos productos suelen tener precios elevados para las economías familiares de la región. Por ejemplo, una silla de ruedas motorizada puede costar varios miles de dólares. Un audífono de calidad también supone una inversión difícil de cubrir. Para muchas familias, la elección es difícil: destinar recursos limitados al dispositivo o a otras necesidades básicas como alimentación o vivienda.
Si bien existen programas estatales que ofrecen ayudas técnicas de manera gratuita o subsidiada, estos recursos son limitados y se concentran en determinadas zonas urbanas. Además, los procesos de solicitud son largos y burocráticos, lo que desalienta a muchas personas.
Barreras geográficas: cuando la distancia se convierte en exclusión
Otro obstáculo evidente es la distribución desigual de servicios y productos. Las grandes ciudades suelen tener centros especializados, tiendas de productos asistivos y profesionales capacitados para realizar ajustes y reparaciones.
En cambio, en zonas rurales o comunidades alejadas, el panorama es distinto. Una persona que vive en el interior de su país no solo debe costear el producto, sino también viajar largas distancias para acceder a un centro que lo provea. Estos viajes implican transporte, alojamiento, pérdida de jornadas laborales y, muchas veces, repetidas visitas para revisiones y mantenimiento.
El resultado es que miles de personas renuncian a solicitar la tecnología que necesitan porque simplemente no pueden llegar a ella.
Barreras informativas y culturales: el desconocimiento como límite
No basta con que los productos existan; es necesario que la gente los conozca y sepa cómo acceder a ellos. Sin embargo, la falta de información sigue siendo una de las barreras más silenciosas. Hay personas con discapacidad que viven sin saber que un dispositivo podría marcar una diferencia enorme en su vida diaria.
A esto se suman barreras culturales. En algunos lugares persisten prejuicios y estigmas que asocian el uso de tecnología asistiva con debilidad o dependencia. Este tipo de creencias hacen que algunas personas oculten sus necesidades o eviten buscar ayuda por temor a ser discriminadas.
Barreras institucionales: políticas insuficientes o mal implementadas
La mayoría de los países latinoamericanos han firmado la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, lo que en teoría garantiza el acceso a tecnología asistiva. Sin embargo, entre la letra de la ley y la realidad diaria existe un gran trecho.
Muchos programas de apoyo tienen presupuestos limitados, catálogos de productos desactualizados y procesos de adquisición que resultan complejos y poco transparentes. Además, la falta de técnicos especializados retrasa el mantenimiento o la entrega de dispositivos, generando frustración entre quienes esperan una solución.
En algunos casos, los trámites son tan extensos que las familias abandonan el proceso antes de obtener el producto.
Consecuencias de estas barreras en la vida cotidiana
Cuando una persona no puede acceder a una silla de ruedas adecuada, no solo se limita su movilidad: también se reducen sus oportunidades de estudiar, trabajar o socializar. Lo mismo ocurre con un niño o una niña que necesita un audífono para seguir el ritmo de la escuela y no lo consigue.
Estas barreras generan un efecto dominó: menor acceso a educación implica menos posibilidades de empleo. Menos empleo significa menos ingresos, lo que a su vez reduce la capacidad de adquirir un dispositivo en el futuro. Es un círculo vicioso que perpetúa la exclusión.
Iniciativas que muestran un camino posible
A pesar de las dificultades, hay experiencias que demuestran que es posible avanzar. En varios países de la región existen talleres comunitarios que reciclan y reparan sillas de ruedas donadas. También hay organizaciones que gestionan bancos de prótesis y sistemas de préstamo para dispositivos.
Estas iniciativas crean redes de apoyo y demuestran que la solidaridad puede ser un motor de inclusión mientras se impulsan cambios más amplios desde los gobiernos.
Las barreras que limitan el acceso a tecnología asistiva no son inevitables. Son el resultado de sistemas que aún no priorizan la inclusión. Transformar esta realidad requiere voluntad política, inversión pública y privada, y también un cambio cultural que valore la diversidad y la autonomía de todas las personas.
¿Conoces algún programa exitoso en tu país? ¿Has vivido en carne propia alguna de estas barreras?
Cuéntalo en los comentarios y ayúdanos a visibilizar la importancia de derribar obstáculos para que la tecnología asistiva llegue a quien la necesita.

