Deportista nato, excelente nadador, aficionado al hockey sobre hielo y la equitación y piloto licenciado. Así era Christopher Reeve, con 1,93 metros de estatura, y una apariencia de chico bueno que le valieron el papel de Clark Kent en la famosísima saga Superman en el año 1978. Tras un éxito rotundo en esta primera película, la carrera de Reeve tomo un impulsó precipitado que lo catapultó a la fama mundial.

Sin embargo, el 27 de mayo de 1995 sería un día bisagra en la vida de Christopher Reeve. Mientras participaba en un concurso de equitación, el actor sufrió una caída que le provocó la fractura de dos vértebras cervicales y le seccionó la médula espinal. Esta grave lesión lo llevó a permanecer en silla de ruedas con respiración asistida. Luego de unos primeros meses difíciles, Reeve hizo gala de toda su fuerza de voluntad y se convirtió en un verdadero referente para todas las personas que estaban atravesando por una situación similar.

Lejos de rendirse frente a los problemas que lo aquejaban, Christopher Reeve se dedicó de lleno a la dirección, encabezando filmes como In the gloaming (1997) y The Brooke Ellison Story (2004). Además, Reeve puso sobre el tapete la necesidad de que los grandes polos cinematográficos como Hollywood debían prestar más atención y colaborar frente a los problemas sociales.

Aun así, lo más sorprendente de su vida post-accidente fue su reaparición como actor en La ventana de enfrente (1998), de Jeff Bleckner, una nueva versión del thriller de Alfred Hitchcock La ventana indiscreta. Este incansable afán de superación que Reeve mostraba puede verse plasmado en su cotidianidad en un documental realizado por su hijo Matthew, Volveré a andar.

El 10 de octubre de 2004 fallecía a consecuencia de un ataque cardíaco en un hospital de Nueva York, a los cincuenta y dos años de edad.

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